El pitido agudo y obstinado del motorola sin batería marcaba el paso del tiempo en el silencio de la conversación de miradas. No había nada que decir, cada cinco minutos el estúpido aparato lo recordaba.

Yo intentaba adentrarme en sus pensamientos, otra vez, a pesar del evidente fracaso de las otras ocasiones. ¿Era tristeza ese reflejo acuoso? ¿La respiración calmada era fruto de un gran esfuerzo para tranquilizarse? ¿Estaba ganando o perdiendo la discusión?

-Bueno… me tengo que ir…-su voz intentaba ser pausada y susurrante pero rompió el silencio como un grito de batalla.
(Estoy harta de chicos atormentados que en su sufrimiento buscan el placer)

-Ya es algo tarde…-Respondí también con el mismo apacible alarido.

-…- Sus labios se movieron buscado algo que decir pero solo se escucho de nuevo el pitido.
(No eres más que un niño de papá caprichoso y terco)

-¡Adiós!- Me gire antes de acabar aquella maldita palabra, mis ojos se perdieron entre las luces de los coches que a toda velocidad parecían líneas de una fotografía de con el diafragma abierto durante dos pitidos, quizás estuve más pero sin su móvil ya no pude medir lo que dura el silencio.
(Ni se te ocurra volverme a llamar)

Besar, acariciar, morder y arañar, valía todo menos enamorarse pero me di cuenta tarde.

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